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PINCELADAS BIOGÁFICAS

 

Marta nace en la Coruña el 1 de marzo de 1969 y es bautizada poco después con el nombre de Marta María de los Ángeles.  Por razón actividad profesional la familia se establece en Burgos en diciembre de 1970. 

 

Cursó la educación primaria con buenas notas en el Colegio de Jesús María.  Con 8 años recibe la Primera Comunión, el 19 de junio de 1977.  Gozaba de gran vitalidad y desarrolló algunas aficiones deportivas, como el patinaje sobre ruedas, el atletismo, la natación, destacando fundamentalmente en tenis, en lo que ganó algunos trofeos.  A los 14 años se confirma en la actual parroquia de San José.  Comienza a acudir con su hermana mayor al Club Arlanza (Nota aclaratoria: cuando se dice Club, nos referimos a un Centro de Estudio y Oración. Marta acudía a estudiar y orar, todos los días de 4 de la tarde a 9,30 de la noche. Aquí, en España, a los Centros del Opus Dei, familiarmente se les llama Club del Opus Dei), donde un sacerdote del Opus Dei lleva la dirección espiritual, y en él participa de actividades recreativas y formativas, aprendiendo a tocar la guitarra.

 

Al acabar la primaria, plantea a sus padres pasar a un Instituto público “Comuneros de Castilla”, donde en sistema de coeducación inicia (1983) el Bachillerato Unificado Polivalente (BUP), como puente entre el colegio y la universidad.  Se abre al resto de compañeros, en su mayoría de clase humilde.  Al igual que en la etapa precedente obtiene buenas calificaciones.  A partir de 2º de BUP asiste, también, a las clases de la Escuela de Idiomas.

 

Según su madre, Marta era espontánea, muy cariñosa y atenta.  Su amiga más cercana afirma que era muy noble, llena de ilusiones y dispuesta a ayudar y animar a otros.  A los 17 años ambas dejan el Club Arlanza.  En sus pensamientos juveniles creía que un Centro de la Obra le orientaba en una actitud muy preventiva y deseaba aprender de la vida por su cuenta.  Comenzó a bajar en prácticas religiosas, aunque mantuvo una inquietud que, después, la llevó a buscar y anhelar a Dios de una forma distinta, pero no sin pasar antes por una crisis. 

 

Adelantado el invierno de 1988, durante tres o cuatro meses, comenzó a salir con un estudiante de tercero de veterinaria, joven simpático y de buena presencia, relación que cortó ante la experiencia de debilidad en un esporádico suceso, de lo que se arrepintió enormemente.  Se dice que la segunda conversión es la de los afectos.  Por entonces concluyó el difícil cuarto curso de inglés en la Escuela de Idiomas y, en el verano, va a una localidad costera de Inglaterra a perfeccionarse en el idioma, consiguiendo hablarlo con fluidez.

 

En octubre se matricula en la Universidad Complutense de Madrid, en la rama de periodismo, imagen y sonido.  Lo indicado antes le supuso reflexión, pero quería hacer su carrera en libertad y llegar a ser una periodista famosa.  En la Capital de España se adapta y saca los estudios con facilidad y durante los dos primeros años procura no señalarse, aunque su fe no estaba dormida.  Se rodea de un grupo de amigas, que saben apreciar su franqueza, jovialidad y fuerte personalidad.

 

Durante las vacaciones de verano del segundo curso (1990), se entera en su parroquia, a la que va los domingos a Misa, que un grupo neocatecumenal tiene programado un viaje a Taizé.  Lo consulta a sus padres y, guitarra al hombro, participa en el encuentro.  Marta descubrió nuevos aspectos y, al decir de su madre, de allí regresó tocada irremisiblemente por el Señor.  En efecto, ese toque de gracia lo conocemos por una carta a una de sus compañeras de la residencia de Madrid: “Cuando descubres algo importante en tu vida, y caes en la cuenta de cosas fundamentales, que hasta entonces pasaron inadvertidas a tu lado, te encuentras francamente bien, en paz...”

 

Lo cierto es que Marta quiso hacer una confesión en profundidad.  Regresada a su ciudad, se dirigió a una parroquia cercana y, sin que sepamos por qué, no recibió la absolución.  En su espontaneidad, ¿encontró alguna prevención respecto a Taizé?, ¿hubo algún otro desacuerdo de matices y creyó el sacerdote no estar en actitud de acatamiento?  Esto le va a producir un durísimo conflicto de conciencia, pues lo que más deseaba era la paz y en su carácter sufría tremendamente cuando no se encontraba correspondida en sinceridad y afecto.

 

Poco después, jugando en casa de unas amigas al ping-pong, les contó su situación, deshecha en lágrimas, porque pensaba que Dios le había abandonado.  Una de esas compañeras le decía “Dios te quiere, hayas hecho lo que hayas hecho” y le presentaba su propia experiencia con sus padres, diciéndole que Dios es aún mejor que los padres de la tierra.  Unos días después esa familia tenía visita de un sacerdote del Camino Neocatecumenal y las hermanas la invitaron a su casa de campo, cercana a Burgos. 

 

Terminada la comida, el sacerdote regresa a la Ciudad y le ofrece a Marta la posibilidad de retornar pronto.  En cuando se vio ante el sacerdote comenzó, en su acostumbrada franqueza, a manifestarle lo que la oprimía por dentro.  Escuchada con atención, no quiso que su sufrimiento se prolongase más, y le preguntó que si tenía algún pecado a falta que añadir, para disponerse a recibir el perdón.  En cuando baja del coche, corre de nuevo en busca de sus amigas y les pide que la presentaran en las Comunidades Neocatecumenales, porque también ella deseaba conocer el “Camino”, porque “quería dar a Dios todo en gratitud”.

 

Desde este momento comienza una vida decididamente cristiana.  Ahora ya no desea tanto ser famosa periodista, como el hacer el bien.  Su espontaneidad se va transformando en parresía (valentía testimonial). 

 

En septiembre de 1990 se celebra la boda de su hermana mayor.  Entre los invitados hay un grupo de jóvenes, que se relacionan todos con el apreciado jesuita P. Carlos Conde en las tareas de apostolado juvenil del Círculo Católico de Obreros.  Con uno de esos muchachos inicia un amor ejemplar en el que, intuimos, Dios estaba de por medio.

 

De cara al nuevo curso regresa a Madrid entusiasmada y llena de fe.  Con tanto brío que, durante el año lectivo 1990-1991, realiza con buenas calificaciones 3º y 4º curso.  Allí se pone en contacto con las Comunidades Neocatecumenales en la parroquia de Santa María de Monte Carmelo.  Una compañera mayor, que la conoció en ellas, dice que un comentario de Marta la marcó al ver cómo una joven de 21 años manifestó que la entristecía ver en Navidad que la gente se cargaba de bolsas, sin descubrir el verdadero sentido de la Fiesta.  En enero y febrero asistieron a las catequesis, los lunes y jueves, de 8,30 a 9,30 de la tarde.  Al terminar regresaban juntas corriendo y riendo.

 

Marta inicia una verdadera militancia seglar.  Ahora no le importa manifestar sus convicciones en su ambiente.  El ramillete de profesores que le imparten las enseñanzas es de ideología variopinta.  En las frecuentes conversaciones por teléfono con los padres les daba cuenta de momentos vividos en las aulas en los que, haciendo acopio de valentía, poco común, mostraba públicamente al profesor su desacuerdo en frases o comentarios vulgares, sugerencias políticas o ideas contrarias al pensamiento cristiano, que nada tenían que ver con la asignatura en cuanto tal.  En una ocasión, incluso, se vio en la incómoda necesidad de recurrir con su queja al rectorado.  Los estudios la resultaban fáciles de suerte que acortó un año y adelantó asignaturas de quinto. 

 

Marta, según sus amigas, era una muchacha alegre, feliz, simpática, dinámica, fuerte, comunicativa y buena comunicadora.  Su esbeltez llamaba la atención y su voz se parecía a la de Bárbara Streisand, por lo que un locutor de radio le ofreció el mejor instrumental para grabar unas cintas, con vistas a las prácticas de la Facultad.  Pero ese hombre se le manifiesta enamorado, lo que la decepcionó profundamente, devolviéndole lo realizado, al sentir esa apariencia en su ambiente.

 

Decide trasladarse a Burgos.  Habida cuenta de que había adelantado asignaturas estaría cerca de su novio, animador cultural, y ahorraría gastos.  Marta procuraba no estar inactiva.  Dentro de su campo de periodismo continuaba su preparación intelectual y  trabajos prácticos: Una de las cosas que hizo fue cubrir la Vuelta Ciclista a Burgos con el locutor deportivo de Radio Popular. 

 

De este tiempo hay algunos artículos de Marta en prensa defendiendo la vida, apoyando la paz, o en contra de la droga, y siempre destacando valores cristianos.  También fue elegida para presentar un desfile, orientado a influir positivamente en el campo de la moda femenina.  A su parroquia iba especialmente los sábados por la tarde para escuchar la Palabra en la Comunidad Neocatecumenal y acompañar con la guitarra las canciones en la Eucaristía. 

 

Su novio escribía en el editorial de su revista, días después del asesinato: “Marta triunfaba donde pisaba: todo el mundo quería estar con ella, hablar con ella, saber de ella, y ella, aunque amaba profundamente a su familia y a los que la queríamos, tenía los ojos puestos en Dios.  Los últimos apuntes, sus artículos (“si al menos nos diésemos cuenta de qué es lo que realmente importa en nuestra vida”), sólo son la punta del iceberg, de la grandeza de su alma”.  

 

Él no estaba en el Neocatecumenado, pero ella lo llevaba a las celebraciones, pues “estaba muy atraída por la vida que veía allí”.  Al preguntarle por qué había dejado de salir con ella hacia octubre, responde que no tiene explicación lógica.  “Quizás en un momento me agobié por otras cosas.  Posiblemente fue la Providencia.  Pasé un estado anímico, como si alguien me hubiera retirado el afecto para que pudiera soportar mejor lo que llegó”.

 

Marta era disciplinada y, en los últimos meses, después de trabajar de mañana  (hasta diciembre), de cuatro a ocho y media de la tarde se iba a estudiar al Club Arlanza,  como lugar silencioso.  La siguiente media hora la pasaba en oración, casi siempre de rodillas, en el pequeño oratorio, ante el Sagrario.  Acabado este tiempo, solía hablar con la encargada del Club, haciéndola partícipe de sus ideas, metas y preocupaciones.  A ella le contaba cómo en su conversación con el Señor le apremiaba para que le hiciera ver su voluntad, ya que en las Comunidades se había levantado en una Eucaristía de convivencia para ofrecerse como “itinerante”.

 

Su confidente intentaba ilusionarla con los proyectos profesionales, “pero ella como de vuelta, aquello ya no la interesaba, era claro que Dios le había desprendido de todo: estudios, novio, proyectos... Su forma de ser, en mi opinión era la de una mujer que había encontrado a Dios, pero seguía buscándolo cada vez con más intimidad.  En los últimos meses siguió acudiendo al Camino Neucatecumenal, al que se sentía muy unida, y donde ella se sentía proyectada para ayudar al mundo... Era una mujer con profunda vida interior, que se palpaba en su actitud... Al mismo tiempo que buscaba con mucha fuerza a Dios, se daba a los demás”.  En una ocasión, un sacerdote que, durante la enseñanza en el Instituto había sido su profesor de religión, se acercó a Marta para interesarse de sus proyectos de afamada periodista y le contestó: “hoy por hoy en mi cabeza sólo cabe Dios”.

 

Era muy atenta y cariñosa, como lo indica el que, el día de Noche Vieja de 1991, Marta llegó al Club vestida de frac y estuvo haciendo reír a las niñas unos tres cuartos de hora y, luego, se fue con sus amigas.  Para la última fiesta de Reyes Magos había comprado con gran ilusión una guitarra para su hermana de 11 años.  Como estaba dispuesta siempre a acompañar y, en la tarde del mismo día 6, la encargada del Club debía permanecer allí, vino a estar con ella.  Vieron un video sobre el encuentro de Juan Pablo II con los jóvenes universitarios y quedó impresionada, proponiéndose ir a Roma al siguiente encuentro por Semana Santa.

 

Comenzó a prepararse intensamente para los exámenes de febrero, pero en los últimos días había notado que alguien la seguía, manifestando sus miedos.  El 21 de enero, día de Santa Inés, prolongó su conversación con su confidente hasta las 9,40, “presentía algo, yo lo quité importancia” con una anécdota en la vida de Santa Teresa.  Antes de marcharse a casa, se acercaron al oratorio para despedirse del Señor, “hicimos una genuflexión delante del Santísimo y se fue”.  Al salir le indicó que no retirase los libros y apuntes de la mesa, porque, al día siguiente por la mañana, después de oír la Santa Misa y comulgar allí, pensaba seguir estudiando.

 

Extrañó a los padres que, siendo las diez de la noche no hubiera regresado a casa.  Estaba nevando y un joven, conocido de toda la familia, invitó a Marta a subir a  su coche, la dejó frente a su portal.  La llave estaba rota y cerca de las veintidós horas la vecina del segundo piso oyó un grito desgarrador.  Cinco días se tardó hallar el cadáver de Marta, a unos cinco kilómetros de la Ciudad. 

 

Según el informe forense falleció en las primeras horas del día 22 de enero de 1992.  Tenía diversas erosiones y hematomas, fuertes presiones con las manos en el cuello y, sobre todo, 14 heridas de arma blanca en la parte izquierda del pecho, una de ellas en el centro del corazón. El informe y la sentencia repiten que eso sucedió por intentar evadir la agresión. El imputado del crimen había sido juzgado ya en cuatro ocasiones por abusos y violaciones, pero sin llegar al homicidio, al ceder sus víctimas a sus pretensiones. 

 

Los hechos nos sugieren que la joven estudiante de quinto de periodismo, Marta María de los Ángeles dejó un hermoso ejemplo, tanto en su vida agradecida al amor y misericordia de Dios, como en el testimonio de su valerosa muerte por defender la virtud.

                                                                                                                                                                     Saturnino López Santidrián