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Nada tiene la fuerza de la propia vivencia de las cosas. Eso le ocurre precisamente a Marta cuando, uno de tantos días que acostumbraba a ir con unas amigas al merendero de sus padres en un pueblecito a las afueras de Burgos, Dios tuvo a bien que Marta encontrara allí a un sacerdote, que posteriormente se ofreció a llevarla a casa en su coche.

 

Durante el trayecto Marta es escuchada en confesión y al recibir la absolución, su alma se llena de profunda alegría y paz serena. Su alma, porque su cuerpo estalla de júbilo y dando, literalmente, saltos de alegría, corre a casa de sus amigas a decirles que sabía que Dios no la había olvidado.

 

Al descubrir la Misericordia de Dios y sentirse perdonada y amada por Él, se enamoró profundamente de Cristo y sólo le preguntaba su voluntad para con ella, sólo quería seguirle.

      

 

"Él me hizo ver en sucesivas situaciones su Gloria. Él me mecía, Él me protegía de las tentaciones anteriores".

 

"¡Señor, nunca me sueltes de Tu mano!  ¡Señor, agárrame fuerte!"

 

"Sopórtame y ámame, mi Dios. Eres el único. Eres mi centro. Que nunca lo olvide Señor".